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El Fauvismo

El Fauvismo fue una tendencia exclusivamente plástica que continuaba con las experiencias alrededor del color de los movimientos postimpresionistas, por lo que solo tuvo desarrollo en el ámbito de la pintura.

Durante el Impresionismo y el Postimpresionismo se produjo una renovación de la pintura a través del color, por encima del valor de la forma y el dibujo. El Fauvismo no fue más que una prolongación radical de estas corrientes. Un movimiento de existencia muy breve y que fue despreciado por la crítica del momento.

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“L’Estaque”, Georges Braque, 1906. New Orleans Museum of Art, USA.

 

El nombre de esta vanguardia vino dado por un golpe de azar, algo que luego comenzó a ser muy usual en el resto de corrientes artísticas. En el Salón de Otoño de París del año 1905, el crítico de arte Louis Vauxcelles visitó una exposición en la sala VII en la que, entre pinturas de exagerado cromatismo de Matisse, Derain, Valtat o Jean Puy, se exhibía una escultura de Albert Marque, muy del estilo de Donatello, titulada “Torso de un chico”. Días después el crítico escribía un artículo en la prensa donde comentaba que “la pureza de este busto produce una sorpresa en medio de esta orgía de colores puros; es Donatello entre las fieras”. De esta última frase (Donatello chez les fauves), surgió el nombre del movimiento.

Folleto del Gran Salón de Otoño de París de 1905

Los artistas fauve no eran un grupo cohesionado y carecían tanto de un manifiesto como de una disciplina dogmática, por eso muchos no los consideran como una Vanguardia. Su única característica común era la exaltación del color. Aún así, compartían afinidades con los movimientos vanguardistas que comenzaban a aparecer, como su cercanía al anarquismo y a las políticas revolucionarias, la tendencia a una estética infantiloide o inacabada o el gusto por el arte de los pueblos africanos que descubrían en las grandes exposiciones internacionales que se celebraban por aquel entonces.

Su procedencia y sus opciones a la hora de pintar eran muy dispares. En realidad dentro del fauvismo se distinguían tres grupos:

El formado por los condiscípulos del pintor simbolista Gustave Moureau, donde se incluirían Henri Matisse, Albert Marquet o Henri Manguin, entre otros.

Un segundo grupo formado por André Derain y Maurice de Vlaminck una pareja de artistas que se conocieron por casualidad y gracias a sus similitudes y aspiraciones plásticas, constituyeron la Escuela de Chatou.

Un tercer grupo formado por la llamada Escuela del Havre, formada por pintores de esa zona, donde se ubicarían Georges Braque o Raoul Dufy.

Las obras de Matisse, Derain y Vlaminck fueron las más radicales en el uso del color y la forma expresiva de aplicarlo sobre el lienzo. Ellos desarticulaban los objetos representados para convertirlos en meros soportes de combinaciones cromáticas, creando así una nueva concepción de la imagen pictórica. La superficie de sus cuadros se hallaba fragmentada por planos encontrados y contrapuestos de color, sin matices, con pinceladas muy empastadas. Componían sus pinturas como un conjunto de fragmentos que rompían totalmente con la perspectiva clásica y el modelado de las figuras, a las que representaban de forma plana y cotorneadas por gruesas líneas.

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“Barcas en el Sena”, Maurice de Vlaminck, 1905-06. Pushkin Museum, Moscú.

 

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“Charing Cross Bridge, Londres”, André Derain, 1905. National Gallery of Art, Washington, D.C.

Lo que buscaban estos artistas, más que la representación de la realidad, era la captación de una sensación por parte del espectador de la obra. Intentaron plasmar la impresión que producía la realidad en sus mentes, más que la misma realidad, porque para ello ya estaba la fotografía. Cuadros como “La línea verde” (1905) o “Mujer con sombrero” (1906), de Matisse se consideraron demasiado excéntricos y fueron repudiados por crítica y público.

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“Mujer con sombrero”, Henri Matisse, 1905. San Francisco Museum of Modern Art.

 

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“Retrato de Madame Matisse (La línea verde)”, Henri Matisse, 1905. Statens Museum for Kunst, Copenhagen, Dinamarca.

El resto de artistas fauve, Dufy, Braque o Marquet, fueron más moderados que el trio anterior, aunque no dejaron de descomponer el espacio y los objetos a través de los planos de color.

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“El mercado del pescado”, Raoul Dufy, 1905. Colección privada.

A partir de 1907, algunos artistas abandonaron la corriente, orientando su obra a otra búsquedas y experimentaciones artísticas. Henri Matisse, que havia llevado las tendencias fauvistas a un punto límite, comenzó a desarrollar un tipo de pintura que rompía totalmente con sus obras iniciales en el movimiento.

Para Matisse el Clasicismo no era un lenguaje agotado, sino que podía tomarse como base para las nuevas vanguardias, sin que estas dejaran de ser modernas, así, en obras como “Le Luxe I” de 1906, “La Danza” y “Bodegón con la Danza”, ambas de 1909, el pintor tuvo una mayor preocupación por la forma como recurso clásico de equilibrio, pero sin abandonar nunca la exaltación del color y su uso expresivo.

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“La Danza I”, Henry Matisse, 1909. MOMA, Nueva York.

Matisse opinaba que la expresividad de un cuadro no solo residía en los colores, más o menos violentos, sino que debía encontrarse en todas las partes de la obra, desde su composición a los objetos y figuras que la integraban. Para él, todo lo que no tenía utilidad o era secundario acababa teniendo un efecto nocivo en el conjunto del cuadro. Cualquier detalle superfluo estaba ocupando el lugar de un detalle esencial y por eso debía ser eliminado.

Por otro lado, el pintor buscaba que las sensaciones que pretendía expresar en el cuadro no fueran fugaces, sino permanentes. Los cuadros debían convertirse en una acumulación de sensaciones perfectamente reconocibles por el espectador o por el propio artista, aunque pasaran muchos años desde su ejecución. Sería el caso de su obra “El postre: la habitación roja” o “Mesa Servida”, de 1908, donde tanto la pared como la mesa son rojas y tienen la misma ornamentación, confundiéndose una con otra y articulando el espacio en un único plano de color.

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“El postre: la habitación roja”, Henri Matisse, 1908. Museo del Ermitage, San Petersburgo, Rusia.

André Derain renegó de sus obras fauvistas, incluso destrozó algunas de ellas, y durante un tiempo se dedicó a pintar paisajes al estilo de Cézanne. Más tarde se involucró en el movimiento cubista hasta que, acabada la Primera Guerra Mundial, se inclinó por el dibujo clásico, inspirándose en los esbozos de Camille Corot.

Raoul Dufy se mantuvo fiel al Fauvismo hasta 1909 más o menos, cuando sus cuadros se hicieron más suaves y sutiles, influenciados por la obra de Cézanne. Después de un corto período cubista, su obra  fue poco a poco derivando hacia paisajes y líneas más amables y coloristas, muy decorativistas y en consonacia con las modas del momento, algo que provocó el distanciamiento de la crítica artística.

George Braque dejó el Fauvismo y se convirtió en un importante pintor cubista, junto a su amigo Picasso. Después de la Primera Guerra Mundial se dedicó a pintar sobre todo naturalezas muertas, abandonando paulatinamente las formas geométricas en sus cuadros.

Por el contrario las pinturas de Maurice de Valminck, Henri Manguin y Albert Marquet no sufrieron grandes cambios, manteniéndose bastante fieles a la manera fauvista a lo largo de sus carreras.

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“Les canotiers à Chatou”, Maurice de Vlaminck, 1904-05. Colección privada.

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