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“La Última Cena” de Tintoretto

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La última cena, es la última gran obra de Tintoretto (Venecia, 1518 – 1594), que culmina su trayectoria como pintor. Es un óleo sobre lienzo que mide 3’65 metros de alto y 5’68 metros de ancho. Fue pintado entre 1592 y 1594, y se encuentra en la Basílica de San Giorgio Maggiore de Venecia.

El tema de la Última Cena ha sido ampliamente representado en el arte desde época paleocristiana. Representa el episodio evangélico en el que Jesús y los Apóstoles celebran la Pascua, momento en el cual, Jesús revela que va a ser traicionado por Judas y luego bendice el pan y el vino con el que comulgaán los apóstoles, instituyendo el sacramento de la Eucaristía. A lo largo de los siglos se irán consolidando tanto la disposición de los personajes como las características de la representación, la mayoría de veces dictadas por la misma Iglesia Católica.

En un principio los Apóstoles se distribuían recostados alrededor de una mesa en forma de media luna, a modo de un triclinium romano y Jesús se situaba en el extremo izquierdo, que era el lugar de honor en las celebraciones romanas. En torno al siglo XI comenzó a representarse la mesa rectangular, y a partir del siglo XII Jesús se sitúa en el centro, con los discípulos colocados a su alrededor distribuidos simétricamente. Durante aquella cena, Jesús lavaba los pies de los apóstoles, tema que acabó dejándose de representar porque mostraba una imagen demasiado servil del mismo.

El papa Inocencio III (Anagni, ca. 1161 – Perugia, 1216) decretó el dogma de la Transustanciación (la conversión del pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo) en el IV Concilio de Letrán celebrado en el año 1215 para acabar con las ideas heréticas que negaban la presencia de Cristo en el momento de la Eucaristia. En el siglo XVI el Concilio de Trento proclamó de nuevo el dogma, en esta ocasión para rechazar las ideas protestantes que volvían a negar el milagro eucarístico.

A partir de la Contrarreforma se decidieron centrar las representaciones en ese momento concreto de la Transustanciación. Para ello los artistas utilizaban como modelo de Última Cena el pintado por Fra Angélico alrdedor del año 1450 en la pared de una celda del Convento de San Marcos de Florencia, en la que ya aparecen ciertas convenciones que se siguieron representando durante siglos.

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Entre todos los apóstoles, siempre se diferenciaban Juan, el discípulo preferido, que se representa con rasgos jóvenes casi femeninos y aveces con la cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús, y Judas, el traidor, que se representa o bien sin nimbo, o bien con nimbo negro, con la nariz aguileña con la que se caricaturizaba a los judios (a los que consideraban responsables de la muerte de Jesús), de espaldas o apartado del resto y a veces escondiendo la bolsa con los treinta denarios.

Al igual que en la obra de Fra Angelico, el óleo de Tintoretto también reproduce el momento en el que Jesús le da la comunión a uno de los apóstoles. Siguiendo la tradición, vemos a Judas sin nimbo, con un gorro rojo en la cabeza y sentado en la esquina de la mesa, en una línea diferente a los demás, y Jesús dándole la espalda.

Al ser una obra manierista, se ha perdido la frontalidad y simetría de otras representaciones, como la de Domenico Ghirlandaio en la Iglesia de Ognissanti de Florencia (1480) o la de  Leonardo da Vinci en Santa Maria delle Grazie de Milán (1495 – 1498), y los personajes se representan en diferentes posturas, amaneradas y exagerades, como entretenidos hablando o fijándose en la multitud de personajes sobrenaturales o humanos que pueblan la estancia, que parece copiada de una taberna veneciana típica de la época de Tintoretto.

Hay tres tipos de luces en el cuadro: la iluminación profana de la lámpara que está colgada del techo, la religiosa que emana de los nimbos de Jesús y los apóstoles y una iluminación espiritual presente en los seres hechos solo de luz, que dominan la parte superior del cuadro, representando el mundo de los cielos abierto a la escena que acontece en la Tierra.

 

“El Bibliotecario” de Giuseppe Arcimboldo, 1566

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Giuseppe Arcimboldo (Milán, 1526 – 1593)

El Bibliotecario

ca.1566

Óleo sobre lienzo. 97 x 71 cm.

Palacio de Skokloster, Habo, Suecia

Óleo sobre tela que muestra un supuesto retrato de un bibliotecario o librero pero que en realidad es una total abstracción, porque está formado por un conjunto de libros, papeles y otros utensilios y objetos cotidianos en una biblioteca, todos dispuestos y montados formando la forma de un hombre que con el brazo aprieta contra su pecho unos libros, como queriéndolos esconder debajo de su capa.

El cuadro es obra de Giuseppe Arcimboldo, un pintor italiano considerado como un rara avis del Manierismo, que de joven se dedicaba a diseñar vidrieras y frescos de catedrales, pero que ha pasado a la posteridad por sus extraños retratos creados por montajes de objetos, animales o vegetales.

Definir a Arcimboldo como manierista es un poco forzado, se le adscribe a este movimiento más que nada por una cuestión de las fechas de su vida y obra y, tensando mucho el razonamiento, por la relación entre el mundo natural y el ser humano que desarrollaba en sus obras. Pero si tenemos en cuenta las obras de otros manieristas, como El Greco, Allori o Bronzino, poco tienen que ver con sus simpáticos delirios, aunque la manera con la que pintaba cada uno de los objetos que conformaban sus retratos fuera totalmente clásica y naturalista. A pesar de lo disparatado de sus creaciones, cada uno de los objetos que componen sus creaciones están pintados con gran virtuosismo y de una forma muy precisa y correcta: realismo dentro de la abstracción.

Puede ser que las pinturas de Arcimboldo fueran ideadas como un juego o como un acertijo: la gente veía el cuadro e intentaba adivinar quien era el personaje retratado, no solo por el parecido, sino porque los objetos que lo conformaban siempre estaban relacionados con el personaje en cuestión, incluso puede ser que algunos de esos objetos tuvieran la función de satirizarlo.

Por la fecha en que está datado el cuadro, seguramente fue pintado en la época en que Arcimboldo era el retratista de la corte de Maximiliano II de Habsburgo. Se intuye cierto toque satírico en la pintura, no en vano fue duramente criticada en su tiempo, como la mayoría de retratos del pintor, porque parece ser que se trataba de una burla de la ignorancia de la gente rica, que solo compraba libros para que hicieran bonito en las estanterías de sus casas.

El cuadro formaba parte de una serie de retratos que Arcimboldo hizo de miembros de la corte. Se cree que está inspirado en Wolfgang Lazius (1514 – 1565), un humanista austríaco, señor de múltiples talentos (medicina, física, cartografía, historia…). Era uno de tantos sabios que poblaban la corte imperial, que, al igual que otras de la época, eran un universo culto, verdadero polo de atracción de grandes artistas y eruditos. Lazius era el responsable de las colecciones imperiales del Sacro Imperio Romano Germánico e historiador oficial del emperador.

El habilidoso Arcimboldo creó los rasgos y la pose del personaje con diferentes objetos habituales en una biblioteca: libros, papeles, puntos de lectura y colas de animales. Hay tal maestría en la disposición de los objetos, que un libro un poco ladeado es la mejilla del señor, y la cinta de su cierre, la oreja, otro ejemplo sería el de los dedos que en realidad son papeles que sobresalen entre las páginas del libro o la cortina que encima del montón de volúmenes se convierte en la capa del personaje. Nunca se puede decir mejor que en este cuadro que se trata de una persona definida por lo que hace y por las cosas necesarias para su trabajo o su vida.

La figura de Arcimboldo fue difuminándose con los años y olvidándose, hasta que en los años 20 del siglo XX fue rescatada por los artistas vanguardistas, sobre todo por los surrealistas, por razones obvias.